![]() Obra SENTIDO DEL DEBERNo es cierto que la violencia sea la expresión límite de lo pasional, de lo irracional: todas las sociedades desarrollan una ritualización de las formas de violencia que tiene que ver con la ideología que las atraviesa. No es cierto tampoco que seamos violentos “por naturaleza”, tenemos instintos agresivos que nos permiten defendernos de un medio hostil, pero la violencia es otra cosa. La violencia contra las mujeres es un mecanismo de control, forma parte de la construcción de la normatividad, de lo correcto y de lo incorrecto, de lo permitido y de lo prohibido. La violencia implica siempre el uso del poder, lo que supone la aniquilación del otro como igual.
Los actos de agresión contra las mujeres no son actos aislados, sino que generan y jerarquizan lo social. Las consecuencias de estos actos persisten incluso cuando la violencia termina. La violencia contra las mujeres responde a un proceso de legitimación social en el que ciertos hombres sienten que están cumpliendo “un deber”; es decir, que están restituyendo un orden que es el admitido, el correcto cuando piensan o sienten que las mujeres se están desviando de la norma. Este es el núcleo temático de la obra que aquí se presenta: Sentido del deber. Siempre que he leído o he asistido a alguna representación de los dramas de honor calderonianos, me ha parecido vislumbrar la raíz profunda de la violencia contra las mujeres. Y es que nuestro teatro barroco pone de manifiesto con brillante elocuencia la condición de la mujer en tanto signo encarnado del Honor. Por ello, con prudencia, modestia y honestidad no exenta de ambición artística, me he propuesto escribir un nuevo Médico de su Honra conservando del original los nombres de los personajes, buena parte de la línea argumental y, como queda dicho, la idea principal. El resultado ha sido este Sentido del deber, una obra dura, de lacónicos personajes a los que he tratado de dotar de cierta dimensión trágica. Esta obra, directamente hermanada con otro texto mío, Pepe el Romano, que de alguna manera suscita también la convulsa experiencia del orden patriarcal. Y como allí, la dureza de las situaciones planteadas oscila entre la efusión poética y la desmesura tragicómica. En efecto, en Sentido del deber he pretendido potenciar la cualidad metafórica de cuantos elementos entra en la lid escénica para trascender la pequeña (y no por ello menos dolorosa) anécdota doméstica, promoviendo- al menos esa es la intención- una provocadora reflexión sobre las dos caras de esa Jano devastadora e imperecedera: la violencia y el poder. AutoresRepresentaciones
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