![]() Obra ATRA BILIS (CUANDO ESTEMOS MÁS TRANQUILAS)Mención especial del Premio “Mª Teresa León” 2000 La sala es enorme, oscura y densa, en la gran casona, antigua y solariega, de la pequeñísima aldea. Gruesos muros de piedra en los que se abre el portón de madera, enrejado y partido en dos para evitar la entrada de las bestias y dejar pasar el aire. Un largo pasillo, al fondo, comunica con el resto de la casa. La única decoración de las paredes consiste en tres ventanas, con los postigos cerrados a cal y canto, y una sagrada cena bañada en plata. A la derecha descansa el difunto en un ataúd cerrado, oscuro y con tiradores dorados. Un lienzo negro, con cruces y palomas bordadas, cubre, en parte, la caja. Candelabros con velones cuajados de esperma, que iluminan la escena colorándola como un cuadro de Gutiérrez Solana, rodean el catafalco. Ramos de flores blancas y dulzonas en damajuanas de vidrios. Las tres hermanas, de luto riguroso, entonan su salmodia y se sientan a la izquierda: son muy ancianas tienen la cara de pergamino, curtida y cuarteada por el tiempo. En sus ojos se siente el velo de los muchos años. Gastan saya ancha de paño grueso, blusa abotonada hasta el cuello, mantoncillo de flecos, medias y zapato bajo. Nazaria, con género más fino, adorna de azabaches la generosa pechera; luce unos grandes aretes de oro en las orejas y doble alianza en el dedo anular, el bolsón de paño siempre en el regazo. Lleva los pocos pelos que le quedan recogidos en un moño bajo. Está sentada en un butacón de caoba y terciopelo, acompañada de su inseparable muleta que, a veces, empuña como un mandoble. De vez en vez se seca el lagrimeo de la rija con el pico de un pañuelito bordado. Es rígida, mal encarada y severa. Toda ella rezuma autoridad vacuna. A su lado, Aurori se balancea en una mecedora chirriante y mira a las musarañas con sus ojillos de cabra. Lleva anudado bajo el mentón un pañuelo negro, del que se le escapan blanquísimas y crespas, algunas guedejas; las medias medio caídas y el mandil arrugado y no muy limpio. Sonríe, desdentada y bobamente, mientras hace sonar la esquila. Un poco más lejos, en una sillar vulgar, la figura menuda y nerviosa de Daría: pañuelo negro y pulcro, mandil con grandes bolsillos. Con movimientos de ratón de campo desgrana interminablemente las cuentas de un rosario, aunque su cara es la de un perro faldero malo. Masca el aire y rumia bilis. Mucha bilis. Pegadas ala pared, varias sillas que han servido para el velatorio. El aire empieza a cargarse a muerto. A lo lejos ladran los perros...
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