![]() Obra LOS BORRACHOS “... Se armó un gran revuelo en el laboratorio, con carreras enloquecidas y voces a gritos. Alguien abrió la puerta y me gritó: “¡Han destruido Hiroshima!” Las víctimas se cifraban en cien mil... Vi que muchos de mis amigos corrían al teléfono para reservar mesa en el Hotel La Fonda de Santa Fe y celebrarlo”.
Otto R. Frisch En el año de 1942 y hasta finales de 1945, el ejército de los Estados Unidos de América improvisó una ciudad fantasma en una región semidesértica de Nuevo Méjico: Los Alamos. Lo que dicha ciudad tenía de espectacular era tanto sus pobladores como sus propósitos: cientos de los mejores matemáticos, físicos, químicos e ingenieros del mundo - de todas las nacionalidades, varios premios Nobel entre ellos - y un numerosísimo personal a su servicio, dedicados en cuerpo y alma a una sola tarea, a saber: determinar la cantidad y disposición más efectiva del material necesario y diseñar y probar los muchos y complejos dispositivos que se necesitaban para formar una unidad explosiva en la cual la reacción en cadena, disparada por un solo neutrón, se desarrollara luego a un velocidad inimaginable en aquellos oscuros días, o dicho más brevemente, hacer posible el sueño barruntado por las nuevas concepciones de la física: el sueño (que dejó de serlo para convertirse en realidad) de la fusión atómica, cuya primera utilidad fue la aniquilación casi instantánea de más de cien mil personas. Durante tres laboriosos años, los hombres que representaban como ningunos la inteligencia del Planeta, se dedicaron con optimismo y alegría a ese imprescindible propósito. El 16 de julio de 1945, con carácter experimental, hizo explosión en Alamogordo - una zona no muy alejada de la ciudad laboratorio de Los Alamos - la primera bomba atómica. Fue un éxito: el objetivo se había cumplido con creces. Muy poco después una bomba de similares características destruía la ciudad de Hiroshima con un saldo inicial (que luego se multiplicaría debido a los efectos de la contaminación radioactiva) de cien mil muertos. Pues bien: cuando la noticia llegó a Los Alamos aquellos eminentes científicos - que aún seguían recluídos sin mucho que hacer excepto documentar los trabajos realizados - corrieron al teléfono para reservar mesa en el Hotel La Fonda de Santa Fe y celebrarlo. Fue el 6 de agosto de 1945, a las ocho y cuarto de la mañana (hora japonesa), cuando se lanzó sobre Hiroshima aquella primera bomba atómica de uranio, a la que cariñosamente bautizaron con el nombre de “Little boy”. La misma noche tuvo lugar la cena de celebración en el Hotel La Fonda de Santa Fe, a unas dos horas de Los Alamos. No fue una celebración oficial sino de carácter privado. Lo que celebraron, probablemente, no fue la matanza y ni siquiera la presumible terminación de la guerra (que, de todos modos, ya estaba en sus finales tras la rendición de Alemania); lo que celebraron no fue más que el éxito profesional, el trabajo bien hecho, el sudor que da al fin su fruto, y acaso las tan esperadas vacaciones en las playas de California después de tres años de reclusión en la ciudad desierto de Los Alamos. Al día siguiente sus nombres aparecerían con letras de oro en todos los periódicos de los Estados Unidos de América. En “Los Borrachos” se reconstruye aquella noche donde los hombres que cambiaron el curso de la historia celebran la primera masacre atómica de nuestra era. Autores
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