![]() Obra DAKOTAPremio Ignasi Iglesias, 1995 Dakota existe, compañero
No soy partidario de reflexionar sobre las obras que escribo. Sobre todo porque reflexionar es una acción para la que no estoy dotado, pero también porque creo que las obras de teatro no se escriben para reflexionar sobre ellas. El teatro debe sentirse, debe provocar emociones y en ello encuentra su sentido. Ir más allá acostumbra a reducir más que a clarificar. Y si no me gusta hacerlo después de haber escrito una obra, de la misma manera, intento evitar al máximo la tentación de hacerlo antes de escribirla. No sé enfrentarme a la escritura teatral teniendo como premisa que voy a hablar de la incomunicación, o de la hipocresía de nuestra sociedad, o de la violencia latente en nuestro interior, o de lo que sea. Si pensara así, para ser honesto, tendría que escribir un ensayo. El teatro es acción, acción dramática, y la acción incluye los conceptos, no al contrario. Deslindarlos, a priori o a posteirori, especialmente si se trata de una obra mía, me hace sentir estúpido. Pero aunque no me guste debo rellenar un par de cuartillas sobre Dakota, una obra que escribí hace ya más de tres años. Me lo han pedido, he dicho que sí y uno debe ser consecuente con los compromisos que adquiere. De hecho es la primera vez que escribo sobre ella. Es cierto que, a raíz de su estreno y del sorprendente éxito de taquilla que tuvo en Barcelona, tuve que hablar mucho, pero aseguro que es la primera vez que debo hilvanar un discurso por escrito. ¿Qué puñetas puedo decir que no parezca presuntuoso o, mucho peor, obvio? Prefiero mil veces que el posible espectador de la obra llegue a ella con menor información posible, que mantenga alguna ingenuidad ante el espectáculo... Ahora me doy cuenta que, poquito a poco, podría seguir escribiendo sin decir absolutamente nada de la obra y llenar las dos hojas con poco esfuerzo. Pero tampoco puedo estar todo el rato sorteando la cuestión. No. Voy a comportarme. Estoy convencido que este texto estará rodeado de otros con densos discursos sobre los procesos creativos, las intenciones de los autores, las temáticas, las tendencias, las influencias recibidas, las complejas estructuras formales, etc. y no es de recibo que yo me dedique a disimular mi incapacidad para desarrollar una argumentación con unos mínimos de dignidad utilizando la vieja argucia de hablar de la mecánica y no del contenido. Aunque he de reconocer que soy un experto en ello. En la facultad de filología de Barcelona, cuando era estudiante, iniciamos un radical proceso asambleario que culminó en un rotundo fracaso gracias a que un compañero y el que suscribe conseguimos centrar todas las discusiones de las asambleas en qué personas estaban legitimadas para tomar la palabra y en los temas que se debían tratar, consiguiendo que jamás hubiera tiempo para tratar esos temas. Me avergüenzo de ello, pero en aquel tiempo yo era un cínico. Voy. Dakota es un comedia. (...) Bueno, para empezar a decir algo no está mal. Después de una definición tan rotunda qué más puedo añadir. El argumento, claro. Esto es fácil. Déspues de un grave accidente, Hipólito Jarama, un estomatólogo de merecida fama, sueña extraños personajes que auguran la muerte de su primer hijo. Meses más tarde, efectivamente, el niño muere durante el parto. Esto, unido a otras coincidencias, convence al doctor que sus sueños predicen el futuro. En uno de ellos aparece Laura, su mujer, besándose con un protésico dental. Hipólito, a partir de este momento, tendrá un solo objetivo: comprobar si este presagio, como los anteriores, se cumple en la realidad... Sí, ya lo sé, pero nunca he pretendido ser original. Hay que tener una cierta vocación para ello. Y no hay más. Y si lo hubiera, está en Dakota, compañero. Jordi Galceran. AutoresRepresentaciones
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